PRODUCCIÓN LITERARIA DE ESCRITORES DE LA

 GENERACIÓN DEL REALISMO SOCIAL


Joaquín Gallegos Lara

(1909-1947)

Guayaquil

La salvaje

¡La Salvaje!

Viviña tenía ganas de conocerla. Se burlaba de todas las historias sin creerlas. Esta le daba el atractivo del incitante sensual: la Salvaje raptaba a los hombres. Se los llevaba al monte. A tenerlos de maridos.

¡Los otros cuentos eran nada! El descabezao. La gallina e los cien pollos. ¡El ventarrón der diablo! ¡Bah!

No temía a los muertos. En cuanto a los vivos, los había probado. Cuando peleó con Toribio al machete. Por un pañuelo e la Chaba. Le rompió las costillas y delante de todos que gritaban:

–¡Cójanlo! ¡Cójanlo!

Lamió la negra hoja cubierta de coágulos.

Su ociosidad lo hacía vagar. Acostumbraba irse a dormir al monte. Y se iba a Güerta Mardita. Sin importarle una guaba la penación del moreno que estaba allí enterrado con la mujer y los hijos, a los que mató. Los que la cruzaban de noche decían que oían salir gemidos de bajo la tierra. Viviña oía únicamente el silbido del machete del viento tumbando ramas viejas y matas de plátano secas. Las congas haciendo huecos en los palos podridos. Y la noche caminando.

***

Oía tanto de la Salvaje. Muchos guapos le confesaron:

–Si juese más alentao... Palabra que me iba pa dentro a buscasla...

La describían con una mezcla de temor y de procacidad:

–¡Es güeña, caracho! ¡Izque le relampaguean los ojos pior que ar tigre! ¡Tiene unos pechotes! Y es peludísima. Pero er cristiano varón que cae en su mano no vuerve más nunca pa lo poblao. Y ej imposible seguiste er rastro: tiene los pieses viraos ar revés...

Viviña se reía por dentro y contestaba:

–Ajá.

***

Y un día se marchó al monte. Compró unas chancletas serranas de cabuya. Se ciñó el crucerito. Y caminó p'arriba por las huertas interminables. Atravesó sabanas y bejuqueros. Rodeó las últimas haciendas. Hizo tres jornadas comiendo frutas, ardillas y conejos; bebiendo agua arenosa de los ríos.

Dormía enhorquetado en los árboles altos. Buscando los que no son vidriosos para no ir a derrumbarse en medio sueño.

La obsesión de la Salvaje lo seguía. De día, nerviosamente, la buscaba tras todos los brusqueros. O metida en el hueco del tronco de los gigantescos higuerones. De noche soñó dos veces con ella. Velluda y lasciva. Con su carne prieta que imaginaba igual a la leña rojiza de los figueroas.

Tan vivamente soñó que al despertar –poniendo un poco en ello de su burla de siempre– se acarició solitario.

–Bará que se mi ha parao. ¿Qué haría la Sarvaje trancada con este pedacito?

Con furia. Como en el tiempo en que se metía debajo de la escalera a aguaitar bajo las faldas de sus hermanas. Cuando era muchacho.

El árbol se estremeció. Cuando Viviña se sintió marear –"Ar fin, casi es lo mesmo que er sapo de ellas..." una lechuza graznó. Follaje arriba de su cabeza.

***

Al cuarto día cruzó un río. Río Verde –pensó–. Era un canalón de verano. En invierno se llenaba. Ahora estaba medio de agua lamosa. Cubierto de una capa de baba pestilente.

Del otro lado estaba la montaña. Bejuco. Bejuco. ¡Qué arbolazos! Y el silencio negro debajo.

Viviña había estado allí sacando madera. Pero no solo. ¡Ahora le pareció un brusquero enorme y cerrado! Donde no le daban muchas ganas de penetrar.

–¡Ahí tarbés ta la Sarvaje!

Se quedó en la orilla de Río Verde.

Toda su vida se acordaría de la tarde que pasó allí. Sentado en un tronco caído. En una playita.

El silencio le daba miedo.

La quietud del brusquero gigante tras el cual había quién sabe qué...

Toda la gente tan lejos. El agua verde acostada con los brazos abiertos. Se aclimataba el prodigio... o enloquecía.

¿Con quién hablar?

***

De noche oyó rugir al tigre. La bestia lo olía. Viviña lo olió también. A verraco. A perro sarnoso. A meao podrido.

En casa ajena no se hace bulla. Y allí se estuvo. Quedito. Sin palabras. Con la lengua seca y la boca salada.

El matapalo de muchos troncos era espeso y rumoroso. Quizás eso lo salvó. El tigre se contentó con un mono. Un mono alto, alto, que estaba agazapado más abajo de Viviña. Un mono igual a un negro. De barbas temblorosas. Y que del miedo gemía como un niño.

Saltó el tigre. El bultazo rompió el ramaje. Le pareció grande como un chumbóte o un burro.

A la madrugada lo despertaron gritos de pájaros que no conocía.

Empezaba a temer la montaña. Cuando clareó bajó al suelo a beber. El agua inmunda le dio asco. No había otra cosa. ¡Y el susto da sed!

¿Y la Salvaje? Nada.

Cada vez creía más que todo era un cuento. Rompió el bejuco a machete. Se cansó. Pisaba con temor la hojarasca: "por si aca una rabo e güeso..." Avanzaría sin abrir camino. Deslizando su cuerpo ágil. Entre las enrevesadas atarrayas vegetales.

Desayunó zapotes que sabían a yerba. Comió guabas y cauges.

Al mediodía, de un garrotazo mató un armadillo. Encendió una candelada y lo asó en su misma concha.

Pensó que no pasaría otra noche como la anterior expuesto al capricho del tigre. Encendería fuego y pasaría despierto.

***

¿Cómo se durmió en tierra? ¿Vino el sueño del olor agreste de las frondosidades de los árboles desconocidos? ¿Fue sólo el cansancio?

Allí estaba. Caído como un tronco más. Rotas las raíces. Tumbado de espaldas en las hojas secas: Inmóvil... Y al despertar...

¡La Salvaje!

Unos brazos ¡Qué brazos duros y blandos a la vez, como el caucho! Una boca. Un caimito succionante y pegajoso, que chupaba activo y de repente cesaba; se dejaba; parecía nada más ya que la pulpa dulce de una rara guanábana sin pepas.

Y un peso encima. Se iba dando cuenta. Los pechos –era verdad lo que contaban– eran redondos y tibios. A Viviña le recordaban los de una longa, criada en el pueblo y que fue suya.

Se notó echado de espaldas. Apoyados los riñones en una raíz de higuerón.

Ese vientre en movimiento.

Y la sensación chupante y ruda del centro de esos muslos que lo envolvían con avideces de culebra. Y vino el mareo de amor.

Pero entre esas caricias cada instante más multiplicadas y feroces que en el extremo vibrátil de su ser le dolían y las gozaba, ¿qué sentía?

¡Ah! ¿Por qué?

Los brazos amantes le apretaban el cuello. Se ahogaba. Había tenido todo el rato los dos ojos de "ella", negros y llenos de luz llameante frente a los suyos. En la angustia los vio borrarse y perderse en el apretón.

–No. Suerte... No.

Las palabras no sonaron. Tabletearon como martillazos dentro de su cerebro. Ya no se defendió. Ella encima, cálida, lo envolvía. Se le entretejía con brazos y piernas. Por los besos entraba en él el jugo de la montaña.

Y todo, todo, se le volvió confuso, turbio. Menos la palabra extendida, inacabable, que le retumbaba dentro:

–¡La Salvaje!

   vocabulario:

- "Ciño" es una cinta o cuerda con la que se cierra algo, por ejemplo, la cinta de un uniforme.

- "Cabuya" es una fibra natural proveniente de las plantas del género Agave, utilizada en la fabricación de cordeles, cuerdas y telas.

- "Enhorquetado" es una palabra coloquial que significa enredado o desordenado.

- "Higuerones" se refiere a un tipo de arbusto nativo de la región sureste de España.

- "Lasciva" significa salaz o libidinoso.

- "Grazno" es una palabra coloquial que significa chillido.

- "Atarrayas" es el nombre que se le da a una red pequeña o entramado para pescar peces.



José de la Cuadra

(1903-1941)

Guayaquil 

El amor que dormía

I

¡Halalí!

¡Vive Dios y cómo grita ese endemoniado marinero chileno!

¡Ha!-¡la-lí! ¡Juicli! Sssss…

Agotaos, muchachos; no importa. Ya descansareis cuando gracias a vuestro esfuerzo pueda el barco soltar el áncora en la bahía risueña. Pensad que será dulce el vaivén de las ondas allá… Allá, hacia donde la prora se enfila como la nariz de un rostro en expectativa.

¡Halalí! ¡Juicli! ¡Sssss!…

Tirad de los caitos sin temor a que se rompan. Arriad a prisa esas maldecidas velas que infla como ubres vacunas el vendaval.

—¡Capitán!

No; no atiende. Para, él –hinchado en el convencimiento de su misión–, soy una cosa más, que habla y que, desgraciadamente, se mueve, en este pandemoniaco movimiento del barco y del mar.

—Oye, araucano de Satanás, ¿pereceremos?

Me mira sin responder.

Tenemos dos vías de agua, allá abajo, en el alma oscura, de la nave, y toda la obra muerta de estribor ha sido barrida por las olas.

¡Cómo trina al desgajarse el palo de mesana!

¡Halalí! Ha-la-lí…

Entiendo que ha llegado el momento de pensar en Dios.

II

Y bien; yo no he hecho nada de malo.

Honré a mi madre. Veneré la memoria –sagrada– de mi padre. Di cuando pude dar y cuanto pude. Prediqué que la misión del hombre es la del árbol: florecer –para alegrar los

Ojos– y fructificar –para, satisfacer ajenas ansias… Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.

¡Halalí!

Ya es inútil, viejos lobos de mar; asoleados, ennegrecidos nautas: nunca más vuestros pies se asentarán en tierra firme. Para vosotros –como para mí– el grito del cuervo trágico: Never more!

¿A qué luchar? Esperad –como yo lo hago– que la hora llegue, escrutando en el recuerdo, en la honda sima, del recuerdo, las huellas de la vida mala. Y entretanto, elevaos a Dios con el pensamiento.

…Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.

¡Halalí!

Os pido, mujeres que me quisisteis, perdón si alguna vez hubo en mi vida un acto que os disgustó: madre mía, ancianita linda, vieja canosita y risueña en tu hamaca, de mecida corta; ñaña Felipa, de bravo nombre historiado, altota como eras, fea y sentimental; ñaña María Teresa, agria y bonita, cabecita loca y corazón de oro, que te fuiste al misterio en aquellas memorables “salidas de aguas” del 23… Digo adiós a vosotras dos que vivís, y a la difuntita digo, desentendido de mí mismo: “¡Ahí va eso!”

A vosotras también, mujeres que, sin estar ligadas a mí por vínculo de sangre, me reservasteis de exclusivo un rincón de corazón chiquito o grande, os diré la blanca palabra inexorable: ¡Adiós!

Sí, adiós. Adiós Clara Isabel, Antonieta, María Asteria, Fernanda…

No good bye… Till bye and bye only, Evelyn, my sweet blonde little girl!

Y hasta con usted, Gertrudis, que, no obstante haber doblado ya el tempestuoso cabo de Buena Esperanza de los cuarenta años, creyó que este mozalbete tonto, pero cazurro, que yo fui, casaría con usted por sus extensas plantaciones de cacao… Farewell!

—Gracias por esta boya que me das, ¡araucano de voz estrepitosa! Me la ajustaré al tronco como quien a una botella pone un marbete: por ella, sabrán que tuve la estupidez de embarcarme en este velero podrido que se llama –pomposamente– como mi bella ciudad “Perla del Pacífico” …Nada más. Porque pienso ahogarme a pesar de la boya. A menos que me proporcionéis un motor… Entiendo que la Isla del Muerto es la tierra más próxima, y cae –apenas– a ochenta millas inglesas a, barlovento… ¡Dobles gracias, pues, por el “salvavidas”!

                                                                                         III

—Pero, capitán, por Dios, ¿a qué hora, nos hundiremos por fin? Esla espera –como todas–resulta una tortura.

Líeme ya preparado a bien morir. De todos cuantos quise o me quisieron, me he despedido; a la sazón, hasta ellos habrá irradiado mi pensamiento, y lo habrán sentido como una “corazonada”.

—¿Qué le acontecerá a Gonzalo? —se dirán.

Unos rezarán; otros llorarán, todos –bien o mal– me encomendarán al Muy Alto. Gracias. Y otra vez, ¡adiós! …

Ah, pero en mi gran despedida te olvidaba a ti, Eugenia, morenita ojiverde que también sentiste –por m– amor de sufrir.

Te olvidaba. Perdóname.

Yo no te quise; más comprendí que tu amor fue lo más grande que hubo en mi vida. No rae preguntes –eso sí– porqué no te quise. A tu interrogación, no sabría cómo responder. Razones son esas del corazón.

¡Ha!-¡la-lí! ¡Juicli! Sssss…

¡Ha!-¡la-lí!

En las jarcias, en los últimos guiñapos de las velas, el viento glisa su canción. Es la música funeral de nuestro sepelio. No interrumpáis con vuestros gritos vanos, marineros, la Canción del Temporal. Hay en ella trino de pájaros, rumor do hojas que caen; para cada cual está en ella el eco de voces amadas. ¿No acaba mi madre de llamarme: “¡Hijo!”?

¡Ha!-¡la-lí!


¿Que no te quise, Eugenia? ¡Mentira! Ha sido un grave error irreparable. En realidad, te he querido.

¡Te quiero!

Ahora lo sé. Como en el mar, en mi corazón se desarrolla formidable tempestad; y mi amor a ti –que dormía en el fondo de mi corazón–, ha surgido luminoso… ¡Evohé!

Te quiero…

¿Cómo he ignorado este amor? ¿Cómo y por qué -cuando es imposible– ha venido en revelárseme?

¡Cuántas cosas hay dentro del alma, que uno misino desconoce y de las que no tendría nunca noticias si no fuera por estas convulsiones que las traen a flote!

Es durante los grandiosos maremotos cuando las islas –ocultas bajo las ondas– apuntan en la superficie…

                                                                                          IV

He aquí, pues, que he perdido –antes de ahora– mi vida que pudo ser feliz.

Quién sabe en cuál rincón de la patria tendríamos nuestro hogar, tuyo y mío, Eugenia… Yo estaría gordo de salud rebosante, un poco envejecido de tranquilidad; sería padre de cuatro o cinco muchachotes robustos, todos varones, para que mañana pudieran verter su sangre en defensa de nuestra buena, ¡tierra ecuatoriana!

Tú estarías a mi lado. En tus dulces ojos verdes –que empañarían lágrimas de gratitud para la vida amable– me recrearía en contemplar el pasado; así como en los ojos ingenuos de nuestros hijos, tú y yo, medrosos, miraríamos nacer el sol del porvenir que no veríamos.

Cultivando mi heredad, me habrían crecido raíces en los pies, y no sería lo que soy: pasajero en un barco que navega en la Tempestad,

¡Ha!-¡la-lí!

Ha sido un grave error irreparable.

                                                                                    V

—¿A qué hora, capitán? ¿A qué hora, por fin, nos hundiremos?


  1. Endemoniado: Que está bajo la influencia o el control de un demonio.
  2. Prora: Parte delantera de un barco.
  3. Caitos: Cuerdas o cabos que se utilizan para fijar o mover las velas.
  4. Mesana: Mástil trasero de un barco.
  5. Pandemoniaco: Caótico o desordenado en extremo.
  6. Ímpetu: Fuerza o impulso violento con que se hace o se dice algo.
  7. Estrepitoso: Que causa mucho ruido o estruendo.
  8. pomposamente:

Demetrio Aguilera Malta

(1909-1981)

Guayaquil 

El cholo que se vengó

-Tei amao como naide ¿sabes vos? Por ti mei hecho marinero y hei viajao por otras tierras… Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a mi pobre vieja: por ti que me habís engañao y te habís burlao e mi… Pero mei vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por eso te dejé ir con ese borracho que hoy te alimenta con golpes a vos y a tus hijos! La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor, Y las olas enormes caían, como peces multicolores sobre las piedras. Andrea lo escuchaba en silencio. -Si hubiera sío otro… ¡Ah!... Lo hubiera desafiao ar machete a Andrés y lo hubiera matao… Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que me habías engañao. Y tú eras la única que debía sufrir así como hei sufrío yo… Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole. El mar lanzaba gritos ensordecedores. Para oír a Melquíades ella había tenido que acercársele mucho. Por otra parte el frío… -Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo que si juera ayer. Tábamos chicos; nos habíamos criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos palabriamos, nos íbamos a casar… De repente me llaman pa trabajá en la barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, me juí. Tú hasta lloraste creo, Pasó un mes. Yo andaba por er Guayas, con una madera, contento e regresar pronto… Y entonce me lo dijo er Badulaque: vos te habías largao con Andrés. No se sabía nada e ti. ¿Te acordás? El frío era más fuerte. La tarde más oscura. El mar empezaba a calmarse. Las olas llegaban a desmayar suavemente en la orilla. A lo lejos asomaba una vela de balandra. -Sentí pena y coraje. Hubiera querido matarlo a ér. Pero después vi que lo mejor era vengarme: yo conocía a Andrés. Sabía que con ér sólo te esperaban er palo y la miseria. Así que er sería mejor quien me vengaría… ¿Después? Hei trabajao mucho, muchisísimo. Nuei querido saber más de vos. Hei visitao muchas ciudades; hei conocido muchas mujeres. Sólo hace un mes me ije: ¡andá a ver tu obra! El sol se ocultaba tras los manglares verdinegros. Sus rayos fantásticos danzaban sobre el cuerpo de la chola dándole colores raros. Las piedras parecían coger vida. El mar se dijera una llanura de flores polícromas. Tei hallao cambiada ¿sabés vos? Estás fea; estás flaca, andás sucia. Ya no vales pa nada. Solo tienes que sufrir viendo como te hubiera ido conmigo y como estás ahora ¿sabes vos? Y andavete que ya tu marido ha estar esperando la merienda, andavete que sinó tendrás hoy una paliza… La vela de la balandra crecía. Unos alcatraces cruzaban lentamente por el cielo. El mar estaba tranquilo y callado y una sonrisa extraña plegaba los labios del cholo que se vengó.


Enrique Gil Gilbert

(1912-1973)

Guayaquil

El tren

Ellos los veían trabajar todos los días. Eran hombres venidos de la ciudad y gringos de sombrero alón, pantalones de montar y pipa en la boca.

Iban a ver como trabajaban. Pasaban horas y más horas contemplando como rompían la tierra con sus picos o echaban cascajo encima del relleno para poner unos palos acostados.

-Es el tren que va a venir.

Explicaban.

De entre ellos algunos, que habían estado por arriba lo conocían.

Era un carro enorme que corría más duro que un perejero y parecía animal.

Arrastraba rabiatados una porción de carros. A veces gritaba “como chico llorón”. Cuando avanzaba sobre los rieles –contaban los que lo conocían- nada respetaba. Por allá arriba había matado cuanto chivo y borrego. ¡Y nadie les pagaba nada!

Así decían. Los otros escuchaban absortos.

Pero los gringos decían que iban a traer la civilización. ¿La civilización?¿Y qué sería eso?

Todos discernían y cada cual emitía su opinión.

-¡Er tren! ¡Er tren!

Ya saben el nombre. Por lo pronto era bastante.

Los que sabían algo explicaban a los que recién venían, atraídos por la novedad.

Y los picos seguían rompiendo.

Habían traído unos aparatos… “más fregaos”…!

Eran unos tubos que los ponían sobre unas cosas de tres patas, largas como de gallaretas. Por ahí aguaitaban… ¿Qué verían?

¡Ah! Pablillo había visto. Era para aguaitar unos palos colorados y blancos que los ponían para verlos.

Pablillo se reía de los gringos.

¿No tendrían qué hacer? ¿O serían locos? ¿O brujos?

Una vez se le habían ocurrido aguaitar y un gringo alto le había dado un sopla mocos y que no le dejó más ganas. Solamente de lejitos iba a ver.

II


¿Qué te parece a vos?

Pa mi questo ni me va ni me viene…

¡No te han quitao nada e tu terreno?

He oído argo de eso. Izque lo ban a aspropiadás.

Despropiadás, hombre.

Gueno yo que se

A mí ya mi hicieron eso.

¿Ajá i como jué?

Vinieron cuatro gringoss con un pilo e blancos…

Ajá.

Y me preguntaron como me llamaban.

¿Pa que?

Yo que se…Y yo les dije…Que a quien le había comprao esto… Yo les dije que era a mí mesmo taita ya finao, que mi dejunto aquello se lo había dejao, que me lo había deja opa mí, que era eredasión.

¡Qué preguntones!

Después, que qué no más tenía… Yo les dije que mi mujer y mis hijos y se rieron toditos…Entonces me digieron que qué animales y qué propiedás… Tube que decisles todito… ¡Se pusieron a hablar y habla que habla! Después di un ratísimo salieron dándome unos papeles y diciéndome que estaba despropiedao y que cobrar en la gobernación. Si yo no quiero vender les dije, por eso era lo que más mejor arroz me daba. Si es pa bien de ustedes me digieron i se fueron sin hacerme caso. Lo necesitamos, dijo un gringo y se jué dejándome con los papeles.

¡Gringos desgraciados! Abusan porque son gringos.

-Sí, compadre.

-Si viera lo trabajosísimo qué ser papel pa cobrá. Si hay que pagar un pilo e cosas pa podés cobrá.

-Así son cobran pa pagar.

-¿Y todo eso pa que venga unten con la sebilización?

-¿Y cómo será eso?

-Dende ahora que a mi no me gusta.

-Como ha empezado…

III


Pasó algún tiempo. Los trabajadores avanzaban. Las expropiaciones continuaban y el tren no venía.

Habían colocado las líneas. Al fin un día dijeron que ya iba a llegar.

-¡Ya viene! ¡Ya viene!

Salían todas las mañanas a mirar por si acaso viniera. Pero no venía. Un día…

Vinieron unos señores elegantemente vestidos, con un cura y bastantes señoras. Hubo fiesta.

-La inauguración- le explicaron.

-La inauguración, se decían unos a otros. Esto es la inauguración…

Y se quedaban como si no les hubiesen dicho nada.

Pero a los pocos días ya no trabajaban.

Las mujeres pusieron el grito en el cielo. Ya no había trabajadores sedientos que consumieran la chicha preparada por ellas. Ya iban a llegar el tren. Una curiosidad por ver algo que no había visto se apoderó de todos poseyéndolos con furia.

Seguían desgranándose los días y el tren no venía.

La espera había engendrado la duda y estaba a punto de nacer la incredulidad.

¿Cuándo vendría?

Salían a ver cómo las paralelas a modo de dos largos brazos de un ladrón desconocido se tendían sobre los terrenos que les habían obligado a vender. Contemplaban el sendero interminable con una angustia tonta. Se preocupaban más de lo que debían por conocer de aquella máquina. Era una espera igual a la de los chicos en la noche buena.



-¡Ya viene! ¡Ya viene!



Se oyó un rugido espantoso. Los terneros balaron y huyeron. Los toros se miraron espantados. Las vacas quedaron enclavadas en el pasto. Los caballos tras un relincho galoparon, Los chanchos gruñeron de susto. A las serpientes se las vió pasar rápidas, como una lengua que lamiera, asustadas asustando a la gente.

Los hombres sintieron el temor innato que se siente ante lo desconocido. El rugido furioso apostrofó el silencio de la montaña cultivada.

El carro de hierro, negro, inmenso, arrollador, pasó tosiendo bulla y estornudando humo.

-Cuánta gente si ha tragao…

Todos sintieron la caricia de viento que dejaba tras de sí. Los viejos contemplaban con los ojos desorbitados tamaña cosa.

-¡Eso es cosa er diablo!

Cuando pasaron el tren y el estupor vieron…

…Querían ver con serenidad… Y no querían creer en lo que veían…

Al fin… Como saliendo de un sueño…

Un harapo… Un estropajo, un despojo…

-¿No sería la defecación del monstruo?

Se acercaron más y más.

Un hombre se adelantó. Tocó: estaba ensangrentado.

Era carne. Carne humana ¡Por Dios! Podía ser? –Era un muchacho. ¿Cómo estaba allí?

-¡Pablito! –gritó una mujer- ¡Pablito, mijito! Mira a tu mamá!...

¡Oy!... ¡Pablito!...


 







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