Olor de Cacao José de la Cuadra El hombre hizo un gesto de asco. Después arrojó la buchada, sin reparar que añadía nuevas manchas al sucio mantel de la mesilla. La muchacha se acercó, solícita, con el limpión en la mano. —¿Taba caliente? Se revolvió el hombre fastidiado. —El que está caliente soy yo, ¡ajo! —replicó. De seguida soltó a media voz una colección de palabrotas brutales. Concluyó: —¿Y a esta porquería la llaman cacao? ¿A esta cosa intomable? Mirábalo la sirvienta, azorada y silenciosa. Desde adentro, de pie tras el mostrador, la patrona espectaba. Continuó el hombre: —¡Y pensar que ésta es la tierra del cacao! A tres horas de aquí ya hay huertas... Expresó esto en un tono suave, nostálgico, casi dulce... Y se quedó contemplando a la muchacha. Después, bruscamente, se dirigió a ella: —Yo no vivo en Guayaquil, ¿sabe? Yo vivo allá, allá... en las huertas. Agregó, absurdamente confide...
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